PERSONAJES SIN TIEMPO




INTERMINABLEMENTE LILIA

(“Soy la mujer más feliz de mi vida”. Efraín Huerta. Poemínimos)

Vino a ser una especie de devoción secreta para todos. Por las noches, la pandilla del barrio se azuleaba los ojos en la “tele de pago” de “ancá” Julia, alucinados con las divas de entonces. No obstante, ni la Ninón Sevilla ni María Félix  –estatuillas retocadas y artificiosas de celuloide–  tenían la pinta de chamaca pueblera de “la Prado”, más hermanada con la prole. Abarcando tres décadas sin menoscabo estaba Lilia, para humectar los sueños más precoces de la adolescencia. Toda ella, con su provocativa y sugerente silueta bajo un faldón repujándole el ombligo.  Ella siempre, acogiendo vistazos de fisgones por sus curvas de diosa.  Jovial y fresca, con sus pómulos de chabacano en dulce, rechupeteados por los besos nunca dados del espectador. Ahí estaba, sin lugar a dudas, internada en la pantalla blanquinegra de un televisor de caja, guiñándonos el ojo con su melena grácil zarandeada en la rumba;  con su talle minúsculo de violoncello, delineando redondeces urdidas más allá de la sensualidad; con esos muslos pétreos moldeando el peralte, generosos, para erotismo y gloria de inmortal escultura.

Por esos años áureos del Cine mexicano, la barriada “compramos” el mitote de que el mismísimo Pedro Infante nos la había raptado en una repentina venida a nuestra fiesta de “Las mañanitas”. Por eso lo del celo cuando compartían estelares en la mentada cinta “El Gavilán pollero”. ¿Entonces quién rellenaría el hueco de su ausencia, privándonos de contemplar su proverbial figura?  Porque todos y a la vez ninguno, adolecíamos de aquel amor platónico que aspiraba desposar, siquiera en sueños, a una beldad así…  Desde antes, padecimos  la impugnada escena de “Subida al cielo”, donde Buñuel la hace acostar en el tren de peaje del camión para que un tipo presuntuoso (el Olivero) le echara mano a sus intimidades.  A qué mentir que aquello nos  movió el tapete…   Del “acostón”, en el recinto iba a venir el alegato por su “pureza intacta”, deshonrada en el film “de a mentiritas” por el galán de cine. Desliz que le costara a Cacho una trompada de Jesús “La chironga”, y la expulsión (a todos) por armar el argüende. Para el clan, sin embargo, era la Prado más que un ícono cinematográfico surgido en la tribulación del siglo: personificaba el despertar viril que en toda época y comarca, suele escaldar los huesos. Si para el fuereño era la Monroe, para nosotros, Lilia Prado había traído a su leyenda otra forma de ser y de vivir. ¿De qué valían los regaños infructuosos de los padres por negarnos la función nocturna del Latino, si al fin y al cabo, Lilia persistía en cuanto poster se clavara entre la intimidad de un cuarto? En ese rictus, ella reinaba sola, esperándonos, si no en el claustro, ungida en la cortina blanca de algún cine, compensando quizá la ausencia física, con el traqueteo bendito de la máquina antigua proyectando su arte. Más real que nunca, desarraigada de este pueblo que le daba al mundo cinematográfico su joya más preciada, y a nosotros –al ir creciendo a fuerza de mudar libertades–  nos dejaría el mágico conjuro de venerarle aún, en la adultez, eximidos del tiempo.

Lilia Prado nace en Sahuayo Michoacán el 30 de marzo de 1919. Es la segunda hija de ocho hermanos. Fueron sus padres Ramiro Amezcua Novoa y María Luisa Prado González. Desde su embarazo, supo la madre que en el vientre llevaba un ser con una misión muy grande, ya que tras sufrir una caída en un granero, pierde a un niño, pero su vientre continúo creciendo nueve meses más para que naciera Leticia Lilia Amezcua Prado, considerada la Décima Musa del Cine Mexicano, junto a figuras de la talla de Dolores de Río, Blanca Estela Pavón, Columba Domínguez, María Félix, Elsa Aguirre, Marga López, Sara García,  Miroslava y Silvia Pinal.  Muere en la ciudad de México el 22 de mayo del 2006, a la edad de 77 años. Sus restos descansan, según lo dispuso, junto a Licha, su madre, en el panteón Jardín de la ciudad de México, al lado de otros grandes como Pedro Infante y Jorge negrete.


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