“CONCEPTOS ERRÓNEOS DE LA FELICIDAD E INFELICIDAD”




Sin duda que en la época actual, el concepto de felicidad, muchos lo ciframos en el vivir bien, sólo, a partir de poseer una  riqueza económica y los placeres que esta puede otorgarnos. En tanto que la infelicidad, la comprendemos, a partir de la ausencia de los conceptos antes citados. Conceptos que, a decir verdad solamente obedecen a evidentes enfermedades mentales, toda vez que estos jamás podrán instalarse como necesidades fundamentales de la persona humana.

Sin embargo, la gran mayoría, de ordinario nos proponemos alcanzar metas que solamente se fincan en un futuro prometedor como es el de acumular grandes fortunas económicas que supuestamente cambiarán totalmente nuestra realidad social y encumbrarnos sobre los demás.

La ambición y la avaricia, aunque son consideradas como una especie de delirios, a lo largo de la historia, siempre han existido personas que ejercen el arte del conocimiento derivado en las diversas formas del agnosticismo y relativismo, y son portadoras de una “soberbia filosófica”  (soberbio(a)=orgullo desmedido) que de manera sistemática han tratado de instituir como único.

Este conocimiento, lleva como propósito insustituible, inducir al hombre a inclinarse hacia actitudes que prescindan de todo tipo de recursos que lo acerquen a conocer y mostrar que existe un conjunto de conocimientos por medio de los cuales puede examinar el género de  la riqueza espiritual que posee la persona humana.

Por ello, es que, en la actualidad, y, en los diferentes ámbitos de la vida, siempre se nos presentan esos conceptos erróneos de la felicidad e infelicidad. Se nos dice, que la felicidad debe de estar unida a la satisfacción de las necesidades; sobre todo materiales; tener bastante dinero, disfrutar de las influencias que el poder económico genera, agenciarse un futuro cierto, firme y prometedor, cuerpos hermosos, armoniosos y perfectos que deleiten y sean deseados por los demás, así como una salud física  inigualable y envidiable.

Para lograr esta “descabellada” meta, mostramos una incondicional disposición ante los grandes desafíos y privaciones que pudiesen presentarse. Aceptamos todo tipo de riesgos por difíciles que parezcan. Nuestra meta es salir de la carencia de bienes y comodidades que nos ofrecen la  felicidad; pero más aún, que nos ubique en un lugar privilegiado ante la mirada de la sociedad, y así, dejar de ser parte de esa gente insignificante que no es tenida en cuenta por vivir en la escasez económica.

Ciertamente, los bienes materiales son un medio para la vida del hombre, mas nunca un fin. Por ello, para muchas otras personas, la felicidad no depende de las cosas materiales, porque en ellas, también se encuentra el riesgo de la idolatría. Muchas personas, aún teniéndolas o nó, fincan su felicidad en aquellas que son más profundas en el ser humano, como es el de respetar y ser respetado, el tomar en cuenta a los demás y ser tenido en cuenta; servir a los demás, sin esperar ser servido. Es decir, estar dispuesto al sacrificio por los demás, a partir de criterios rectos y verdaderos.

Esto, ¡¡claro que se antoja como algo irracional, y fuera del contexto de vida que llevamos en los tiempos actuales!!.

Sin embargo, existen realidades que nadie en este mundo, jamás podremos evadir. Y es que, conforme las personas vamos avanzando en edad, nos damos cuenta que, “no basta tenerlo todo para ser feliz”. Este punto, nos lo confirman las Sagradas Escrituras: “Toda carne como vestido envejece, pues ley   e t e r n a   es: hay que morir”. “Toda obra corruptible desaparece, y su autor se irá con ella”. (Eclesiástico Capítulo 14, versículos 17, y 19).

¿Cuánto pues hemos ganado al infectarnos de esa insaciable comezón en las manos de tener y amontonar dinero y bienes materiales? ¿Será solamente ese desasosiego mental, que nos hace vivir en la angustia y desesperación, nerviosos, desconfiados e inseguros por no haber tomado conciencia, que lo más importante es formar nuestro carácter a partir de los deseos más fundamentales

de todo ser humano que está llamado a trascender el mundo material?

¿Nuestras vidas, al igual que la de muchos de nuestros hijos, deberá pues seguir siendo arrastrada por las cosas que solamente prometen una felicidad transitoria y que finalmente dejan un “amargo sabor de boca”?

¿Seguiremos empapándonos hasta la médula de los huesos, con el germen de esas corrientes filosóficas que inducen a la práctica de la Avaricia,  la ambición y demás vicios que se desprenden de estos delirios mentales, y así, fincar nuestras vidas y la de nuestros vástagos en una estructura tan frágil que en cualquier momento puede colapsarse totalmente?

La indecisión nos ubica entre la espada y la pared, y en tanto no elijamos la mejor propuesta, seguiremos invadidos de tristeza, melancolía y pesimismo, así como de una neurosis crónica que poco a poco seguirá mermando nuestras fuerzas y salud física.

Y, finalmente, cuando descubramos que el encuentro con la muerte ha llegado, nos daremos cabal cuenta que, los pocos o muchos años de vida que Dios nos regaló, los perdimos en “estúpidas, necias  y pedantes vanaglorias” que nos ofreció “esa gran ubre de lo mundano, de donde solamente succionamos espejismos de felicidades engañosas y sueños perversos, convirtiéndonos en seres irreflexivos e imprudentes”.

Es pues digno de considerarse que, si las más de las veces la filosofía común penetra el sentimiento profundo de las cosas, hoy en día, reflejamos el estilo de una sociedad enfermiza que, en el ardor y/o, apetencia de asegurar nuestro futuro, recurrimos a fincarlo en los bienes materiales.

Por tanto, si en lo individual, y como miembros de la sociedad, no aprendemos a ser desprendidos, seguiremos viviendo bajo el imperio del egoísmo y de la avaricia. Seremos pues incapaces de probar la alegría y felicidad verdaderas.

La riqueza pues, no es mala en tanto esta no nos aparte de Dios. Mas sin embargo, todos sabemos que los bienes materiales no dan la felicidad completa. Y, sobre este punto de vital importancia, en el libro del Eclesiástico, Capítulo 31, versículo 3, se lee: “Se afana el rico por juntar riquezas, y cuando descansa, se hastía de sus placeres”. (Confrontar también, Eclesiastés 2, del 1 al 11).

……..Hasta la próxima, si Dios, nos lo permite……


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